Artículo gentileza de Enrique Dans / Profesor de Innovación en IE Business School en Madrid (España), Asesor Senior de Innovación y Transformación Digital en IE University. (LinkedIn)
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Italia se adelanta en la regulación de la inteligencia artificial» (pdf), y trata sobre la decisión del país transalpino de convertirse en el primero de la Unión Europea en aprobar una ley nacional integral sobre esta tecnología, adelantándose incluso a la plena entrada en vigor del AI Act europeo.
La noticia plantea una cuestión relevante: ¿tiene sentido que un Estado miembro decida regular por su cuenta un ámbito en el que ya existe un marco comunitario que debería servir de guía para todos?
La norma italiana incluye disposiciones muy concretas sobre cuestiones como los deepfakes, la transparencia de los algoritmos, la protección de los menores o la obligación de etiquetar contenidos generados artificialmente, y contempla sanciones severas para las empresas que incumplan. Se trata, en la práctica, de una aplicación anticipada y endurecida del espíritu del AI Act, con la aparente intención de enviar una señal clara a la sociedad de que la inteligencia artificial no es un territorio sin ley.
En España, por contraste, seguimos en fase de borrador con la futura Ley de Inteligencia Artificial y con la definición del papel de la Agencia Española de Supervisión de la IA (AESIA), mientras se anuncian subvenciones millonarias para fomentar el uso de la inteligencia artificial en las empresas y, al mismo tiempo, propuestas de sanciones que algunos consideran desproporcionadas, como las que plantean multas de hasta 35 millones de euros por no etiquetar contenidos. El resultado es una estrategia poco coherente, que mezcla impulso y freno de manera simultánea, y que transmite más ruido que certezas al tejido empresarial.
El dilema es de fondo: regular demasiado pronto puede proyectar una imagen de liderazgo, pero también puede asfixiar la innovación, en especial en un ecosistema europeo en el que no abundan los grandes campeones tecnológicos. Regular demasiado tarde, por otro lado, puede dar lugar a abusos, pérdida de confianza ciudadana y problemas de difícil solución. El precedente del GDPR es ilustrativo: Europa logró convertirse en referente mundial en privacidad, pero para nada en competitividad tecnológica.
Italia, con su ley pionera, ha apostado por adelantarse. Es un movimiento que algunos verán como una muestra de responsabilidad democrática y otros como un error precipitado que puede perjudicar a startups y pymes, forzadas a cumplir con obligaciones complejas en un entorno cada vez más incierto. Lo que está en juego no es únicamente la protección frente a los deepfakes o la transparencia algorítmica, sino la posibilidad de que Europa desempeñe un papel relevante en la carrera global de la inteligencia artificial, o se quede una vez más en el papel de árbitro que regula mientras otros juegan el partido.











