Advertisement

iA, Talento, y cómo desperdiciar un liderazgo

Enrique Dans

Implicaciones geopolíticas

Durante décadas, los Estados Unidos han dominado la innovación global atrayendo talento. Los sistemas de visas H-1B y F-1, con todos sus defectos, convirtieron a las universidades y centros tecnológicos estadounidenses en motores de investigación. Esa ventaja, ahora, está en riesgo.

Si Washington persiste en la restricción de visados y si la industria continúa acaparando en lugar de fomentar el talento, el centro neurálgico de la inteligencia artificial podría desplazarse. Canadá, la Unión Europea y los Emiratos Árabes Unidos ya intentan competir por esos investigadores desplazados. Y mientras tanto, China desarrolla alternativas propias a una velocidad asombrosa.

La ironía reside en que Estados Unidos podría perder precisamente aquello que hizo imparable su ecosistema tecnológico: la apertura. Cuanto más aislado se vuelve, más se asemeja a los sistemas centralizados a los que una vez superó en innovación.

La ética de la escasez

La concentración del talento también plantea numerosas cuestiones morales. Cuando un pequeño número de corporaciones controla la mayor parte de la experiencia global en inteligencia artificial, controla de facto qué problemas son resueltos y cuáles son ignorados.

Ya estamos viendo este sesgo en la práctica. Se invierten miles de millones en modelos que optimizan la productividad, el marketing y las previsiones financieras, mientras que proyectos con financiación insuficiente en modelización climática, educación y sanidad tienden a languidecer. La promesa de la inteligencia artificial de supuestamente «beneficiar a la humanidad» se convierte en vacía si la humanidad no tiene en ella ni voz ni voto.

La diversidad de pensamiento, el origen y la geografía no es lujos morales, son requisitos indispensables para la resiliencia. Como bien sabemos de la Biología, los sistemas homogéneos fracasan de forma homogénea.

Un nuevo contrato social para la inteligencia

La solución no reside únicamente en la regulación, ni en la libertad de mercado. Más bien se trata de algún tipo de contrato social para el talento, que considere la inteligencia humana como un recurso estratégico compartido, no como un activo exclusivo.

Esto implica:

  • Políticas de inmigración que atraigan, en lugar de repeler, a las mentes más brillantes del mundo
  • Mecanismos de financiación que garanticen la competitividad de la investigación pública frente a los laboratorios privados
  • Marcos éticos que impidan que los acuerdos de no competencia y los contratos de exclusividad conviertan a los científicos en rehenes
  • Cooperación global que reconozca la inteligencia artificial como un desafío común de infraestructura, no como una carrera de suma cero

En el siglo XX, las naciones se dedicaron a competir por el petróleo. En el siglo XXI, competirán por el conocimiento.

Una advertencia y una posible elección

Los Estados Unidos aún conservan la ventaja: universidades de prestigio internacional, mercados de capitales en los que está «el dinero de verdad», y una cultura orientada al riesgo. Pero esas ventajas, cuando la arrogancia de un idiota ignorante y sus secuaces reemplazan a la apertura, se desvanecen.

Si los Estados Unidos se repliegan sobre sí mismos, no solo perderán talento: perderán la diversidad que impulsa la creatividad. Y cuando la próxima generación de científicos opte por trabajar en Toronto, en París, en Madrid o en Shenzhen en lugar de en Silicon Valley, el «siglo americano» de la innovación llegará silenciosamente a su fin. No con una revolución, sino con una carta de dimisión.

La potencia de computación, como mencioné en artículos anteriores, es importante, al igual que el acceso a energía barata o, como bien sabe Europa, la regulación. Pero la carrera por la supremacía en inteligencia artificial no se ganará solo con capacidad de computación, ni con procesos energéticos ni con políticas. La ganará quien sea capaz de atraer y empoderar a las mentes que crean la inteligencia misma.

Y ahora mismo, esas mentes están barajando sueldo, calidad de vida y posibilidades de desarrollo, y dedicándose a observar tranquilamente qué países se las merecen.

Páginas: 1 2

Debes estar conectado para publicar un comentario.